EL ESTILO ART NOUVEAU EN FRANCIA

Roger Henri GUERRAND, Historiador

A finales del siglo XIX, a lo largo del que la sociedad burguesa optó por vivir en un revoltillo de trastos, que los augurios „del buen gusto” reunieron bajo la etiqueta „del eclecticismo”, ciertos alumnos de las escuelas de arte del oeste de Europa manifestaron su indignación. Hartos de recopiar permanentemente  los ejemplos sin igual de la Antigüedad grecorromana, éstos pararon su atención en la imitación de la naturaleza, mientras descubrían nuevos maestros  entre los góticos y los japoneses revelados en Francia por los hermanos Goncourt. De éstos tomaron el desprecio a la simetría y una atracción evidente a „la línea serpeante”, estigmatizadas por sus adversarios por la denunciación de „los pulpos” y „los tallarines” del nuevo estilo. Estos ataques contra la línea recta atentaban no solamente a los edículos del metro parisino, sino también a las criaturas soñadoras que constituían los tipos predilectos de los artistas del fin del siglo.

El no conformismo de los artistas que reivindicaban la pertenencia al „Art Nouveau” – este término fue inventado a partir de 1881, por dos abogados belgas que difundían obras originales – iba más alla de las investigaciones formales. No satisfechos con el rechazamiento de la diferencia entre las artes importantes y las calificadas como menos importantes, un dogma esencial de la enseñanza de todas las escuelas de arte del Renacimiento hasta hoy en día, estos „anarquistas”  se atrevieron hacer un acercamiento de lo bonito y lo útil: la componente „social” ocupaba un lugar central en el modo en que éstos percibían el mundo.

En Francia, se podría considerar que un proto-Art Nouveau hizo su debut durante el segundo imperio. Los más célebres joyeros renegaron los tipos tradicionales para componer, en diamantes, flores - cuyas formas se acercaran, en la mayoría de los casos, a la naturaleza, espigas de trigo, rosas, racimos. Inmediatamente después de estas fantasías condenadas por los artesanos expertos, los encuadernadores – ésta es la época en que los lectores de la burguesía forraron sus libros – se indignaron ellos también. El decorado simétrico era abandonado, los más diversos tipos de flores abrían sus pétalos en las portadas.

Siguiendo esta vanguardia, los vidrieros se rebelaron en la parte éstica de Francia. Con „el puntel” Emile Gallé (1846 – 1904), Nancy se convirtio en el primer centro francés del estilo Art Nouveau.  Trabajando la arcilla, la madera y el vidrio, un creador de Nancy iba a conquistar el mundo entero, con igual mérito que su adversario norteamericano, Louis Comfort Tiffany (1848 – 1933), el inventor del vidrio irisado. En 1901, éste ponía las bases de „La escuela de Nancy”: su manifiesto era un resumen de las tesis respaldadas, en la época, en el continente por los artistas que reivindicaban la pertenencia al Art Nouveau:  uniformar el arte, recurrir a la lógica, renovar el decorado, participar en los enfrentamientos sociales (Gallé fue el fundador de „La liga de los derechos humanos” de su ciudad natalicia).

Otros artistas de Nancy siguieron los pasos de este alquimista del vidrio. Principalmente, tuvo dos adversarios importantes, los hermanos Daum: éstos pondrían en los productos de sus fábricas un acento floral menos exaltado que el de Gallé. El amigo de Gallé, Victor Brouvé – quien le siguio en el cargo de director de la Escuela de Nancy – tendría el estatuto de un decorador completo. Además de arquitectura, practicó todos los tipos de arte, de pintura a encuadernación de libros y de escultura monumental a joyería, pasando por el bordado. En la capital hubo también un ebanista, Louis Majorelle, convertido él también al culto de la Flora: „Mi jardín es mi biblioteca”, acostumbraba decir él. Su especialidad fue la marquetería, pero no hubo refinamiento alguno que le fuera desconocido. Este grupo muy activo fue completado por varios arquitectos. Destacó Eugène Vallin, un autodidacto que hizo grandes esfuerzos por concordar el racionalismo y „el floralismo”.

En este lapso de tiempo, en Paris, subía al escenario un ex alumno de la escuela de bellas artes – un graduado sin diploma – que no aguantaba más el espectáculo de la impotencia ofrecido por los fieles del electicismo. Hector Guimard (1867 – 1942) se inspiró de Viollet – le – Duc, quien era en aquel entonces el ídolo de todos los rebeldes gracias a su lucha en contra del academismo, y rechazaba el peregrinaje a Grecia o Roma. El primer arquitecto revolucionario del continente desde 1890 hasta hoy en día se apuraba  a llegar a Bruselas, a Horta. Guimard quería descifrar algunos secretos del que se atrevio a inventar „los perfiles”. Al regresar a Paris, modificó los planes de una casa „de alquiler”, „El castillo Bérenger” (lote 16), construcción que inmediatamente después fue calificada como „al estilo de Mallarmé”, despreciando la línea recta y teniendo un decorado sensacional. Luego seguiría un metro „de arte”, cuyas bajas eran anunciadas por señales raras, „libélulas que abrían sus alas” o inquietantes pórticos de color verdino, que acababan por lumbreras que se parecían a los ojos de unos insectos. A pesar de todo esto, Guimard seduciría a los comanditarios de la burguesía de vanguardia. Hasta el inicio de la primera Guerra Mundial, sería uno de los últimos „modernistas” que renunciaba al descadenamiento de las curvas.

Este „Ravachol de la arquitectura” no estaba solo en su lucha contra todo lo que era „nuevo”. Tenía a su lado a uno de sus camaradas de la Escuela de bellas artes, Henri Sauvage. A los 25 años de edad, éste creó la casa de Majorelle de Nancy: cada una de las cuatro paredes tienía el aspecto de una fachada. Apasionado por „el arte social”, Sauvage se lanzaría  en programas de construcción de „casas a precio reducido”, que transformaría en verdaderas obras de arquitectura. Poco a poco, se constituyó un comando de valientes „modernistas”, nacidos durante el segundo imperio. Destacó la figura de un „viejo” (nacido en 1847), Franz Jourdain, que pondría por vez primera las bases de un almacén La Samaritaine de hierro y cerámica, polemizando permanentemente con los „clásicos”; Jules Lavirotte, el especialista ceramista (hotel, avenue de Wagram, lote 8); Louis Bonnier, Charles Plumet, para mencionar solamente a los más importantes.

Gracias a éstos, el pulpo „Modern Style” era insinuado en un número importante de los edificios de la capital. A pesar de todo esto, no logró, excepto Lorena, marcar realmente la provincia, donde escasos testimonios atestiguaban, sin embargo, el hecho de que ciertos maestros habían sido afectados. En un pequeño barrio de la periferie de Paris, en Nogent-sur-Marne, se encontraba un trio inesperado de constructores que fueron seriamente afectados: Georges Nachbaur y sus hijos, hasta 1914, construyeron pabellones y edificios al estilo „Art Nouveau”, cuyos número alcanzaba la sorprendente cifra de unos 50...

  Desde hacía más de medio siglo, las joyas francesas conocían una transformación extraordinaria. La apoteosis sería en 1900 con un ofebre-poeta de la importancia de un Benvenuto Cellini en el siglo XVI, René Lalique (1860 – 1945). En seguida admirado por Gallé, con cuyo ideal botánico y con cuya pasión por las técnicas exactas estaba de acuerdo, Lalique llevó al extremo las investigaciones de los maestros del segundo imperio. Toda la naturaleza, insectos, así como también las flores, fueron convocados a aparecer en creaciones indiferentes en cuanto a las jerarquías consagradas de las piedras preciosas. Mezclando todos los materiales, las piedras, las perlas, los marfiles, los esmaltes, los metales, Lalique reinventaría una serie completa de adornos femeninos: Sarah Bernhardt, el tipo ideal de mujer moderna, los llevaría al escenario, en los dramas cuyos protagonista exaltada era...

  Sin duda alguna, no todos los parisinos asistirían a los espectáculos, pero muchos de ellos, tendrían la ocasión, con bastante frecuencia, de ver a la Divina, de pie, alzandose en las paredes de sus ciudades, transfiguradas de carteles a un estilo bizantino-floral desconocido hasta aquel momento. Estos eran firmados por Alfons Maria Mucha, (1860 – 1939), un joven pintor oriundo de Moravia que había venido a Paris en 1887. Ex alumno de Jean-Paul Laurens, se aventuraría, por mera casualidad, en el arte del cartel, y su éxito llegaría de inmediato. La mayoría de las firmas comerciales acudirían a sus servicios y la manera muy especial en que trataría los peinados de sus modelos, llamaría rápidamente la atención. Si Art Nouveau, en Francia, era calificado como estilo „nouille”, esto se lo debían principalmente a Mucha.

En visperas de la primera Guerra Mundial, las flores empezaron a marchitarse – excepto el este de Europa, donde ésto ocurriría mucho más tarde. Un austríaco, hijo de un cantero de Brno, decidiría desacoplarlos a nivel de los edificios y eliminarlos de las fachadas. Adolf Loos (1870 – 1933), en una serie de textos virulentos – especialmente „Adorno y crímen”, publicado en 1912, atacaba a los representantes del estilo Art Nouveau de todo el mundo.

En opinión de este puritano, enemigo de los árboles, el más pequeño adorno debía ser considerado un "delito” arquitectural. Éste escribía: „Está por empezar un siglo en el que se cumplirá una de las más bonitas promesas. La ciudadela del siglo XX será deslumbrante y vacía como el Sion, la ciudad santa, la capital del cielo. La arquitectura dejará de copiar la naturaleza, Pan cederá otra vez su lugar a Apolo. Sería recomendable encontrar de nuevo las alegrias austeras del estilo „ortogonal”: Le Corbusier – quien prohibiría publicar sus primeras obras "manchadas” de Art Nouveau – sería su más devoto servidor...

Roger – Henri GUERRAND